domingo, 22 de mayo de 2011

Del Rey, el hada y el cofre


En un lugar lejano reinaba un viejo Rey, amado por su pueblo pues era noble y justo, amable, bondadoso, considerado y valiente. Un día el Rey enfermó y ya casi agonizando, pasó el poder a su hijo el príncipe.
            Pero aquél joven nunca había ocupado su tiempo en nada trascendente: perseguía doncellas a las que amaba un instante y olvidaba de inmediato, maltrataba plebeyos por el puro placer de hacerlo y montaba a caballo persiguiendo ovejas, desbandando a los rebaños.
            Cuando el rey estaba en sus últimos instantes llamó al joven a su lado y le dijo:
            - Hijo mío, has de hacerte cargo de éste reino, procura siempre buscar el bien tuyo y de los demás. Sé un gobernante más sabio y bueno que yo y reúnete conmigo en el cielo después de muchos años de noble reinado.
            El príncipe asintió de mala gana, más por compromiso que por convicción y el Rey, engañado por el cansancio y la buena fe, murió tomado de su mano con una sonrisa en los labios. Los funerales del Rey fueron tristísimos pues había sido muy amado y respetado, mas todos miraban con esperanza a su joven hijo, sobre todo el noble consejero del difunto Rey, quien había asistido al juramento que el joven le había hecho a su padre en el lecho de muerte.
            Mas el príncipe no hizo mucho caso al consejo de su padre ni honró su último juramento. Y derrochó dinero, hizo guerras, maltrató gente… quienes se atrevieron a censurarlo o a intentar aconsejarlo fueron azotados o encarcelados. El anciano consejero del antiguo Rey fue recluido en una celda profunda del último calabozo por atreverse a recordar al joven la promesa hecha a su padre.
            Las atrocidades del heredero escandalizaban a toda la corte, nadie se atrevía ya a acercarse a él y pronto se quedó solo.
            Un día, caminando por el bosque, escuchó un ruido, se acercó a los arbustos y ¿qué miró? Un hada, una bella mujercita de alas grandes y un vestido hermoso. Ella se sorprendió más lo miró de frente con sus brillantes ojos.
            - Se dice que cuando alguien ve un hada tiene derecho a pedir un deseo - dijo el ahora joven rey.
            - Así es – le respondió ella sin desviar la mirada - ¿Qué quieres que te conceda?
            Él, pensativo, miró al cielo, la tierra y luego miró al hada y contestó:
            - Me he quedado solo, no tengo a nadie, así que te pediré una sola cosa: quiero que seas mi esposa
            El hada miro hacia atrás, al bosque donde su hogar le aguardaba, sonrió y dijo:
            - El hada de palabra es, tu deseo será concedido… con una condición. He aquí un cofre, te pido que jamás lo abras o me marcharé.
            El joven tomó el cofrecillo que su prometida le extendía y accedió a la condición. Se casaron y el reino entero vio este matrimonio como buena señal, como promesa de tiempos mejores y de un cambio para bien en su joven monarca. Los recién casados vivieron juntos por unos días y él comenzó a amarla, tanto como él era capaz de hacerlo. Miraba su rostro y veía lo que jamás vio, en su pecho se removían mareas jamás sentidas.
            Más su egoísmo aún seguía ahí, su reino era un caos no obstante las esperanzas que su matrimonio había despertado entre sus súbditos y en las sombras comenzaba a hablarse de rebelión contra el rey egoísta.
            Un día el hada le dijo a su esposo:
            - Tengo que partir unos días. Yo volveré, te lo juro. No puedo llevar mis cosas, ahora están bajo tu cuidado – al notar que él la miraba gravemente, le sonrió y explicó: - Mi deber de hada me llama, hay problemas en aquél bosque lejano donde alguna vez me encontraste.
            El rey dijo por fin:
            - Sí, aquí te espero.
            Y el hada partió. Los días pasaron uno tras otro y eran eternos para él, cada uno más largo que el otro.
            Un día el joven rey fue a la cama y ahí en el buró miró el cofre que ella le había entregado a custodiar. Era un cofre pequeño, hermosísimo, lleno de piedras preciosas. Lo miraba y no podía ya contenerse. Y entonces lo abrió.
            Una luz salía del cofre y de pronto, cuando lo abrió por completo… ¡no había nada! El rey se exaltó, su enojo era enorme. ¿Cómo le habían pedido que no abriera eso, si ahí no había nada?
            Su esposa regresó al día siguiente, contenta por el deber cumplido y por volver a ver a su marido. En cuanto cruzó la puerta, el hada anunció con una sonrisa:
            - ¡Ya llegué!
            Y el rey le miró enojado y contestó:
            - ¡Vaya! Ya era hora. Ahora explícame ¿dónde has estado?
            Ella comenzó a explicarle, más de pronto se interrumpió. Pues su mirada se posó en un rincón de la habitación, donde el rey, iracundo, había arrojado el cofrecillo. Ella se acercó, lo levantó y miró el cofre entreabierto; volviéndose con lentitud y ya sin brillo en sus ojos le dijo al joven rey:
            - ¿Quién… quién se atrevió a abrirlo?
            El rey contestó:
            - ¡Yo! ¡Pero qué tontería! ¿Tanto de verdad, tanto te importaba eso? Si ni siquiera hay nada.
            El hada, triste, cerró el cofre vacío y le dijo:
            - Sí había, ahí estaban mis sueños. Pero tú no los pudiste ver, así como no puedes ver por nadie más que por ti mismo.
            El rey la miró ceñudo y el hada se desvaneció sin agregar una sola palabra, derramando al partir una sola lágrima que quemó un agujero en la mullida alfombra de la habitación. Y en ese agujero de la alfombra nació un pequeño sauce de hierro, cuyas hojas se llenaron al instante de un rocío que lloró y lloró sus pequeñas lágrimas desde entonces.
            El rey, en su furia, salió de la casa lanzando maldiciones, injurias, golpeando a quienes se encontraba y destruyendo todo a su paso. Por fin los súbditos se rebelaron contra semejante acceso de furia de un loco al que ya no respetaban y del que no esperaban ya nada.
            Lo ataron de pies y manos y lo echaron del reino, nombrando rey al anciano y sabio consejero de su padre, al que rescataron de la catacumba donde el orgulloso heredero lo había arrojado. Este anciano gobernó desde entonces con justicia y concordia y el reino conoció de nuevo la prosperidad.
            El joven rey desterrado y vagó sin rumbo fijo. Se volvió ermitaño, viviendo en una vieja cabaña abandonada en una montaña, viviendo de frutas silvestres y raíces, bebiendo en los manantiales de la montaña, sin sufrir frío ni hambre jamás. Era como si "alguien" cuidara de su vida, alguien que él no podía ver.
            Pero el joven estaba solo, completamente solo.
            Si al principio pasaba sus días solitarios injuriando contra quienes, hartos de su maldad, lo habían desterrado, con el tiempo fue aprendiendo el valor del silencio, reflexionando sobre el valor de la compañía, aprendiendo que la soledad sirve para aprender mucho de ti.
            Pero el hombre no sabe estar solo, necesita del otro. Así, de pronto se encontró extrañando la presencia del otro. A veces se despertaba en medio de las noches llorando, pues había soñado con la risa de los niños de su reino o los cantos de las tabernas o el chismorreo de las mujeres. En suma, conforme él mismo dejó de ser joven para convertirse en hombre, descubrió por fin el valor de aquello que en su inmadurez había despreciado.
            Reflexionando así un atardecer, vio aparecer de pronto a su alrededor un halo muy tenue que, poco a poco, comenzó a tomar forma: figuras fantásticas, flores de luz, cascadas de diamantes... todo eso desfiló ante sus ojos en la habitación de su humilde cabaña. Y de pronto, frente a él y el fuego de la chimenea, apareció el hada.
            - ¿Qué haces aquí? - le preguntó él con el hilo de voz que le quedaba tras años y años de silencio.
            - Vine por mis sueños - le respondió ella
            - ¿Todo esto son tus sueños? – admiró él, sin atisbo de su antiguo desdén - No tenía idea de que fueran tan hermosos, ¿cómo es que ahora puedo verlos?
            El hada solo sonrió.
            - Eso tú ya debes de saberlo.
            Y el hombre comprendió de pronto toda la grandeza de su descubrimiento.
            - ¿Cómo es que después de tantos años podemos reencontrarnos así? ¿Desaparecerás de nuevo, llevándote tus sueños tras de ti? ¿Cómo es que después de tanto tiempo encuentras a tus sueños en esta humilde cabaña donde he venido a vivir? - le preguntó, temeroso de saber la respuesta.
            Pero ella lo miró directo a los ojos, como había hecho años atrás en el bosque:
            - Porque mis sueños se han quedado todo el tiempo contigo.